2 de julio de 2005

OPINIÓN - La lucha por la vida

Mapa de Piura, en la República del PerúUna vez más, y van ni se sabe cuántas. Para cuando estemos celebrando la feria del patrón San Francisco Solano, el fraile del violín, en las tallas barrocas de las sierras andinas, los últimos descendientes de los andaluces –cordobeses muchos de ellos- que prefirieron afincarse en las tierras altas de Piura junto con los últimos descendientes de los guayacundos -que las habitaban desde tiempo inmemorial-, se disponen a protestar de forma pacífica por el expolio del que van a ser objeto. Una vez más, y van ni se sabe cuántas, los intereses de las multinacionales se van a imponer sobre el más elemental derecho de los seres vivos: el derecho a seguir estando vivos. Ni siquiera cabe hablar del derecho de los campesinos a seguir cultivando las tierras de sus antepasados, porque lo que está en juego es mucho más serio, incluso, que la alimentación de unos cuantos miles de personas que habitan las tierras altas de Huancabamba.

Lo que está en juego esta vez es la supervivencia del propio territorio piurano, susceptible de convertirse en un desierto como lo es toda la franja costera peruana. La compañía minera que está intentando explotar la cuenca del Río Blanco va a extraer varios metales, fundamentalmente cobre y molibdeno pero, a cambio, va a envenenar los acuíferos que abastecen los grandes ríos que riegan el norte peruano, el Chira y el Piura, y una de las fuentes del Amazonas. Estarán envenenados mientras se secan definitivamente, claro, cosa que sucederá con bastante rapidez.

Una compañía quiere explotar la cuenca del río Blanco

La explotación de estos minerales supone, necesariamente, la destrucción de uno de los ecosistemas más ricos y delicados que se encuentran en la montaña andina: el bosque tropical de neblina, que es el que abastece de agua toda la cuenca, “ordeñando las nubes”. Los vientos procedentes del océano Pacífico, cargados de humedad, entran por las tierras bajas de Sullana y avanzan hasta la sierra de Ayabaca y Huancabamba, donde, por convección, y al entrar en contacto con la masa arbórea de los cerros, se condensa en una espesa neblina que deposita todas las aguas que luego riegan los fértiles valles próximos a la costa. El Río Blanco es uno de los muchos que nacen en esta sierra que es la divisoria de aguas entre el Atlántico y el Pacífico. Un ejemplo: en el Apu Shaire, uno de los cerros, nacen ocho ríos: cuatro de ellos corren hacia un océano, hacia la cuenca del Amazonas, y los otros cuatro corren hacia el Chira y el Piura.

El Río Blanco nace en la sierra de Ayabaca y HuancabambaEn estos bosques hay especies arbóreas a las que la Humanidad debe tanto como la vida, como es el árbol de la quina, en peligro de extinción, pero que a partir de los existentes en estas zonas se podría recuperar. Hay varios centenares de plantas medicinales. Hay animales tan extraños como pueda ser el tapir de montaña: la sachabaca. O tan tiernos como el majaz, bicho raro que parece sacado de una película de dibujos animados. Tan imponentes como el puma o el oso de anteojos. Aves como la pavita aliblanca. Se encuentran helechos arborescentes como los que hemos visto sólo en las láminas que intentan darnos idea de lo que fue la Era Primaria. Hay musgos de 15 cm de altos. Campos enteros de orquídeas. Millones de mariposas de casi cualquier color. Como decían los viejos socialistas y anarquistas, "sólo la belleza de las montañas justifica su existencia y su conservación, no hace falta más". Pero en este caso hay además una economía alrededor de ellas. Es el medio de vida de una población muy abundante, que ya de por sí vive en la miseria, pero a la que hay que ayudar a salir de ella, no aplicarles la eutanasia por envenenamiento del agua o por muerte natural, porque es natural que si les pegan un tiro se mueran, como ya ha sucedido.

Es además, una población muy antigua. Los campos de ruinas que hay en toda la zona hablan de lugares poblados desde cientos de años antes de la llegada de sus habitantes actuales, de piel tostada y ojos claros que tienen niños rubios a los que duermen con romances viejos cuyos protagonistas son el Cid, los moros, los caballeros de la Tabla Redonda. Sí, ellos cuentan que las ruinas de los alrededores son “de tiempos de los moros” y guardan tesoros encantados.

El chamanismo tiene su lugar sagrado en estas tierras

Es una zona de gran tradición espiritual. El chamanismo, reminiscencia de los antiguos pobladores mezclada con las tradiciones brujeriles andaluzas y sincretizadas con vestigios de la religión cristiana, tiene su lugar sagrado en las Huaringas, las lagunas donde tantas personas van a buscar la sanación del cuerpo y el alma. De allí se sale, como mínimo, con la impresión de la real importancia del ser humano sobre La Tierra. Sobrecoge el paisaje, el agua, la presencia del chamán, hasta el punto de que el escalofrío que recorre la espalda no se sabe a qué atribuirlo.

Y es también, hay que decirlo, la tierra de gentes acostumbradas a pelear por lo suyo. No van a dejar que los envenenen y los destruyan sin defenderse, sin luchar por su vida. Como personas razonables que son, han iniciado un proceso de reclamación pacífica.

La minera no está por la labor de retirarse. El gobierno no está por la labor de defender a su gente frente a las multinacionales. Y mucho menos, si son campesinos que ni siquiera existen legalmente –hay muchos casos de indocumentados- porque se han ocupado de que no puedan inscribirse en ningún registro. Las comunidades campesinas defienden sus derechos y los de sus descendientes.

Es necesario devolver a la Naturaleza lo que nos ha dado

A nosotros nos toca dar a conocer el problema, para que se pueda solucionar de manera pacífica. Para que no se llegue a las manos, o a los machetes. Para que el derecho a la vida sea mucho más que una letra muerta sobre un papel mojado que llena la boca de todos los políticos. Para que las montañas no necesiten más justificación que su propia belleza para seguir vivas. Para que podamos devolver a la Naturaleza lo que hemos recibido de ella. Para que no tengamos que comprobar, después de haber destrozado todo árbol, río, pez y animal de pelo o pluma, que el oro, o el cobre, o el molibdeno... no son comestibles ni quitan la sed.

Pepa Polonio Armada
Concejala de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Montilla

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